Clara, sin
embargo, había elaborado esa culpa que hace
a muchas mujeres 'castigarse' en sus
ambiciones y renunciar a aquello que excedía
la labor de sus madres. Lucía continúa
inmersa en ese discurso tradicional y
recriminatorio hacia la mujer que tiene
éxito, como si fuera culpable por no
abandonar algo de lo que quiere.
La ambición se reconoce como un valor
específico de la masculinidad, no de la
feminidad, quizá porque cuanto más ambiciosa
es una mujer menos dominable resulta. Con
todo, es la crítica de ellas la que más
molesta, pues en ella se ve reflejada la
censura interna que la propia mujer se hace
cuando traspasa ciertos límites.
El sacrificio de las ambiciones, cuando son
lícitas y no hacen daño, lo paga la mujer
con frustraciones y síntomas neuróticos,
muchos de los cuales se resuelven en
somatizaciones o depresiones. Nosotras nos
hacemos cargo de muchas tareas
imprescindibles para que la sociedad
funcione.
El ámbito doméstico y la educación de los
hijos todavía recae sobre sus espaldas en un
alto porcentaje. ¿Pero deseamos ocuparnos de
todo o son deseos impuestos porque han sido
asociados a la identidad de la mujer?
El conflicto aparece cuando no sentimos lo
que hacemos como nuestro, o cuando no somos
capaces de reconocer nuestros deseos y
hacernos cargo de ellos por miedo a ser
'castigadas' socialmente.
Sin embargo, es a esas mujeres que se
arriesgan a la crítica de los demás a las
que debemos la posibilidad de pensarnos de
otra forma, con más expectativas que,
simplemente, reducirnos al ámbito de lo
doméstico.