'El que mucho
abarca poco aprieta', insiste Lucía. 'No se
puede tener una familia con tres hijos y
trabajar en puestos de responsabilidad que
te ocupan tantas horas. A saber cómo tiene
la casa'.
Clara oye parte de la conversación, aunque,
lejos de molestarse, sonríe y pasa de largo.
María le dice luego que no tome en cuenta
las palabras de Lucía.
Clara, que no estaba enfadada, responde: 'No
me molesta lo que dice. Tiene razón, aunque
sólo en un punto: soy ambiciosa y me siento
orgullosa. Y también lo soy en el amor, con
la familia, con mi trabajo. Quiero conseguir
lo que me hace sentir bien y trabajo para
ello. Me gusta tener poder, porque eso me
permite realizar lo que quiero. También
disfruto con la educación de mis hijos y con
mi casa. Se puede atender a todo si te
organizas bien'.
María se queda perpleja ante esta afirmación
tan contundente. La admira y le gustaría
tener esa fortaleza de ánimo gracias a la
cual es capaz de compatibilizar, sin
culparse, sus intereses personales y
familiares.
María, en cambio, abandonó sus ambiciones
laborales cuando tuvo a su segundo hijo. Le
parecía que era agotador el cuidado de los
niños y seguir poniendo tanta energía en el
trabajo. Se cree una privilegiada por tener
una familia que funciona medianamente bien y
trabajar en lo que le gusta, pero,
profesionalmente, se siente estancada.