Si entendemos la
escuela como continuidad y, al mismo tiempo,
como separación del mundo familiar,
comprenderemos la complejidad de los
vínculos que construye el niño con el adulto
que se encarga de su educación. Una buena
parte de las características de su relación
con los padres y los hermanos son
desplazadas a las figuras del maestro y de
los compañeros, respectivamente.
El pequeño traslada a la escuela sus
necesidades más íntimas y particulares. La
capacidad del profesor de tener en cuenta el
mundo interno del niño, además de favorecer
su tarea educativa, permite prevenir futuras
dificultades.
UN ESPACIO DE RESPETO Y CARIÑO
Muchas veces, los maestros detectan
problemas en los niños que, si no son
tratados precozmente, podrían llegar a
convertirse en obstáculos para su futura
vida académica y personal. Es así como
muchos educadores entienden que la
estabilidad emocional del niño va a influir
decisivamente en su concentración para
aprender y, con ello, para poder
desarrollarse intelectualmente.
La labor educativa del maestro debe incluir
la creación de un espacio de respeto mutuo,
un lugar donde el niño se sienta ayudado en
sus dificultades, comprendido en su
individualidad y también valorado como
persona. Así, podrá confiar en el adulto que
le enseña y también apreciar el conocimiento
que recibe.
De este modo, que el maestro pueda creer y
confiar en la curiosidad y en el deseo de
aprender de cada pequeño jugará un papel
fundamental en el aprendizaje y en el
desarrollo del niño como ser humano. Por
ello, ambos cometidos, afectivo y educativo,
tienen la misma importancia, pues están
relacionados entre sí de manera que, cuando
falla el uno, es fácil que el otro se vea
también afectado. N
CARTA DE ALBERT CAMUS A SU PROFESOR
Querido sr. Bernard: esperé que se apagara
un poco el ruido que ha rodeado todos estos
días antes de hablarle de todo corazón. He
recibido un honor demasiado grande [el Nobel
de Literatura], que no he buscado ni pedido.
Pero cuando supe la noticia, pensé primero
en mi madre y después en usted. Sin usted,
sin la mano afectuosa que tendió al niño
pobre que era yo, sin su enseñanza y su
ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo
esto. No es que dé demasiada importancia a
un honor de ese tipo. Pero ofrece, por lo
menos, la oportunidad de decirle lo que
usted ha sido y sigue siendo para mí, y de
corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y
el corazón generoso que puso en ello
continúan siempre vivos en uno de sus
pequeños escolares que, pese a los años, no
ha dejado de ser su alumno agradecido. Lo
abrazo con todas mis fuerzas. Albert.