A partir de los
doce años, más o menos, los niños y niñas
tienden a buscar la amistad de grupos muy
cerrados, con miembros identificables uno a
uno. Se trata de cuatro o cinco
adolescentes, que se unen en torno a una
especie de "pacto implícito": salir juntos,
conversar, compartir aficiones musicales,
confidenciarse sus primeros amores...
Las "pandillas" surgen en abundancia y de
muchas maneras: en torno al mundo escolar,
entre los compañeros de equipo de fútbol o
vecinos de un barrio... Aunque en principio
estos grupos se unen -sin saberlo
conscientemente- para sortear la difícil
etapa de la adolescencia, y de adultos se
separan, también de estas alianzas pueden
surgir relaciones más profundas y crearse
lazos de verdadera amistad.
PENSAR EN LOS LÍDERES
Es común que dentro del grupo se produzca
una unificación de la conducta: todos
tienden a actuar en una misma dirección, a
hacer las mismas cosas. Esto se explica
porque se trata de una edad en que se
necesita la fuerza que dan los amigos.
Generalmente los adolescentes por sí solos
Son algo inestables.
Cuando alguno de los amigos ( uno o más de
uno) destaca por una personalidad más
fuerte, el resto del grupo lo sigue e imita.
Es lo normal también a esta edad y si el
líder del grupo es un adolescente sano,
todos los amigos disfrutarán de una de las
mejores experiencias de su vida, un
verdadero grupo de amigos.
Sin embargo, existe peligro real cuando el
líder, o algunos amigos que sólo se
preocupan de divertirse a toda costa,
proponen aventurarse en experiencias nuevas:
alcohol, drogas, videos, revistas
pornográficas, etcétera. En grupos así
liderados un adolescente puede pasar muy
malos ratos que no confesará en la casa:
bromas absurdas, siempre al límite,
presionado a hacer lo que hacen todos... o
simplemente puede plegarse a la corriente
más fuerte.
Es difícil hablar el tema calmadamente con
un hijo, pues en esta etapa de la vida puede
creer que él o ella no es nada sin estos
amigos. La tendencia de la niña es llorar a
mares ante cualquier aparente incomprensión
de los papás, y lo habitual en el joven es
escuchar de mala gana. Pero si los padres
ven la conveniencia de que cambie de amigos,
deben insistir en que esas malas influencias
no valen la pena.
Sin retarlo ni hostigarlo, hay fórmulas
concretas que pueden ayudar a apartarlo de
un mal grupo. Claro está que esas fórmulas
implican una verdadera "inmolación" de la
atención y del tiempo de los papás. Aquí van
algunas ideas:
- Plantear panoramas alternativos
"irresistibles" para el fin de semana:
excursión, escalamiento, pesca u otros
deportes al aire libre. La falta de medios
económicos no debiera ser excusa, pues
siempre existe un amigo que puede prestar
una carpa (tienda de campaña) y hasta una
casa en la playa, si se le plantea la
emergencia. Igual para una niña.
- Aumentar el grado de responsabilidad
familiar del hijo, pero "astutamente", en
materias que lo hacen sentir importante:
Comenzar las clases de manejo, hacer la
lista de compras e ir al supermercado...
- Buscar videos o revistas con casos humanos
que demuestren lo que ocurre cuando una
persona se deja arrastrar por los demás.
Así, sin separarlo bruscamente de sus
amigos, se le mostrará que la vida es mucho
más que ese grupo de influencia negativa.
INFLUENCIA PODEROSA
Poner atajo a la influencia negativa de los
amigos es asunto de urgencia a los trece o
catorce años. Está comprobado que los grupos
constituyen uno de los terrenos mejor
abonados para la propagación de cualquier
clase de adicciones: tabaco, alcohol o
droga.
La razón es simple: los mecanismos de
presión de la pandilla son muy poderosos,
sobre todo cuando él o ella carece de un
buen mecanismo de defensa.
Los amigos de esa pandilla juegan, además,
con la capacidad de crear sentimientos de
seguridad o inseguridad, para aislar o
rechazar al que no siga las reglas del
juego. Por esto es muy frecuente también que
un hijo demasiado metido en su grupo, sufra
cuando el grupo lo aísla, no lo toma en
cuenta suficientemente, según él o
definitivamente lo traiciona.
En adolescentes tímidos o con problemas de
carácter, la relación con su grupo puede ser
especialmente conflictiva y dependiente. El
grupo "envalentona", impide la reflexión
individual, presiona, justifica lo
injustificable y hace que se diluya la
responsabilidad personal.
HIJOS CON PERSONALIDAD
No podemos pretender que nuestro hijo se
mantenga siempre al margen de este tipo de
influencias negativas. Aunque conozcamos a
todos sus amigos y confiemos en ellos,
debemos prepararlo para enfrentar
situaciones de peligro.
Jamás falta la ocasión: en la playa, durante
las vacaciones, en un lugar de entretención,
durante una fiesta... Todos tenemos la
experiencia de que dentro del grupo nos
portamos de distinta manera y es importante
advertírselo al hijo.
Hay que enseñarle a decir "no" cuando sea
necesario. Es importante que tenga claro en
qué situaciones no se puede ceder jamás:
- En la salud de su propio cuerpo: bebiendo
o drogándose, por ejemplo.
- En el respeto por la vida propia o ajena:
¡Ojo con los amigos que le sacan el auto al
papá!
- En lo que pisotea sus creencias más
profundas, pues eso daña su espíritu que es
tan valioso como su cuerpo.
- En lo que denigra su sexo, que es la
puerta hacia el maravilloso don de la vida.
En lo demás, no podemos pretender que
nuestro hijo se niegue por sistema a lo que
le gusta a la pandilla. Si el hijo levanta
una eficaz barrera de atención a los puntos
anteriores, da igual que se vista de
extraterrestre un día y de hombre de las
cavernas al otro.
UN AMBIENTE SANO
Tomar decisiones sin verse presionado es
difícil a toda edad y casi imposible en
ésta, pero soltar el espíritu de influencias
exteriores, sentirse libre por dentro, esto
es el arte de aprender a vivir. En este
sentido, también los padres deben ser
valientes: dejarlo equivocarse un par de
veces. Que pruebe el dolor de verse
involucrado en algo que le disgusta
profundamente. Ya rectificará, dirá que "no"
la próxima vez: esto es conseguir suficiente
personalidad.
Si tenemos la fortuna de que nuestros hijos
vivan inmersos en un grupo sano, es hora de
exigirles que ejerzan influencia positiva.
Los talentos o buena formación que uno tenga
no son para regocijarse en ellos, sino para
entregarlos al resto, con valentía.
Sin prédicas, a ese hijo hay que hacerle ver
que el mundo espera algo de la nueva
generación. Que se apasione por cambiar el
mal en bien: el idealismo es propio de la
juventud y hay que incentivarlo. En otras
palabras, si vemos que nuestro hijo va por
buen camino, no permitamos que se transforme
en un vanidoso o en un indolente.