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A veces, apenas
podía contener la violencia que le producía
su pasividad. Cuando pudo hablar con el
terapeuta que trataba a su hijo, comprendió
por qué, ante las dificultades del niño, se
quedaba sin palabras (que no fueran
insultos).
En su niñez, por cada dificultad que tuvo,
se encontró con una bofetada. Aprendió,
dolorosamente, que no debía cargar a nadie
con sus problemas y que debía arreglárselas
solo. Por eso, no entendía que su hijo no
'espabilara sin ayuda', como él había hecho.
Sin saberlo, repetía con el niño los mismos
conflictos que había sufrido y que
arrastraba desde su infancia. La paternidad
es una de las tareas más gratas pero, a la
vez, más difíciles que la vida nos plantea.
No pocos padres reflexionan y se interrogan
sobre la responsabilidad que supone educar a
un hijo.
A IMAGEN Y SEMEJANZA
Pero, la paternidad o la maternidad ¿es algo
que se aprende? ¿Con qué recursos contamos
para formar a esa persona que crece en el
niño?
Como no podía ser de otro modo, en la
crianza de nuestros hijos influye nuestra
niñez (con lo mejor y lo peor de ella); es
el referente cuando somos padres.
Normalmente se repite el modelo con el que
fuimos criados por nuestros padres, aunque
intentemos hacer todo lo contrario.
Durante el crecimiento del niño, revivimos
buena parte de nuestra experiencia, la
mayoría de las veces sin saberlo.
La capacidad de ser padre o madre comienza a
gestarse muy pronto: cuando el niño observa
cómo los adultos ejercen esa función. Por
ejemplo, cuando la niña se identifica con su
madre y juega a cuidar a las muñecas, tal y
como lo hacen
con ella.
Si durante nuestra infancia nos exigieron
demasiado, puede que nos cueste aceptar que
los hijos tienen su propio ritmo y
evolución.
Forzar este proceso de maduración generará
en los pequeños frustración (porque no están
preparados para lo que se les pide) o, por
el contrario, se verán presionados a actuar
precozmente como alguien mayor.
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PARA ACTUAR
Asumir
responsabilidades.
En algunas ocasiones, un padre que
fue un 'niño exigido' intenta evitar
que su hijo asuma cualquier tipo de
responsabilidades. El problema es
que así le impide aprender,
gradualmente, a asumir sus
obligaciones.
Mejorar su vida.
Ser conscientes de que nuestra niñez
y adolescencia juegan un papel
importante en la actitud como
padres, puede evitar a nuestros
hijos sufrimientos innecesarios. No
serán determinantes para toda su
vida, pero sí pueden contribuir a
que sea mejor.
Los padres del
futuro.
Cuanto más entendamos a un hijo como
a una persona diferente de nosotros,
que necesita nuestros cuidados y
respeto, más garantizamos su
desarrollo como persona. Al mismo
tiempo, necesitamos mucha madurez
como padres para aceptar que el hijo
no es como lo habíamos imaginado y
que según crece, nos va a necesitar
cada vez menos. Así, lo estamos
preparando para su futura
paternidad.
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