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¿CÓMO
ENSEÑARLES A NUESTROS HIJOS A ESPERAR? |
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Mario tiene seis
años. A la salida de la clase de música corre al
encuentro de su madre. Sin mediar palabra,
reclama con urgencia las chuches que ella, como
cada día, inmediatamente le entrega. Parece que
las golosinas fueran el pago por la culpabilidad
de no haber estado ese tiempo con él.
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La capacidad de
esperar es algo que construimos a lo largo
de la vida y que comenzamos a desarrollar
desde que somos bebés. Cuando la madre se
aleja del pequeño, al principio, éste se
angustia. Pero con el tiempo, al ver que la
madre vuelve, puede soportar la espera y
comienza a experimentar con esa situación
mientras la procesa psíquicamente. El niño
juega a la separación y a la espera, a que
desaparece y vuelve a aparecer. En la
alternancia de presencias y de ausencias, el
pequeño establece su capacidad para esperar
y para jugar.
MOLDEAR EL TIEMPO
Pero, para algunos padres, el momento de la
separación se convierte en una situación
problemática y de difícil manejo. Por
ejemplo, algunos aprovechan un instante de
distracción de su hijo para salir de casa.
La intención de ellos es que el niño no
sufra, pero, por el contrario, le producen
más angustia por marcharse sin palabras.
Lo conveniente es que las despedidas sean
como una especie de rituales en los que se
incluye el regreso. Es decir, que las
palabras ayuden a soportar la espera. Por
ejemplo: Ahora mamá se va durante un momento
y tú te quedas con la profesora. Dentro de
un rato yo vuelvo a buscarte y nos vamos
juntos.
Cuando los niños son un poco mayores,
mostrarles (a través de las agujas del
reloj) el tiempo que transcurrirá hasta el
regreso de sus padres les permite hacerse
mentalmente una referencia temporal que
media hasta el reencuentro con el adulto.
Así, el niño asimila, poco a poco, que los
tiempos de separación son momentos en los
que el adulto hace otras tareas (distintas a
las de ocuparse de él) y que él, a su vez,
también puede dedicarlo a hacer sus cosas.
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Con condiciones.
Los padres que experimentan
culpabilidad a la hora de separarse
de sus hijos a veces tratan de
llenar esos espacios con regalos a
la vuelta. Sin saberlo, se
identifican con el hijo: para ellos
mismos ese momento resulta difícil.
Buen bagaje.
Para estos padres, las peticiones de
los hijos se convierten en órdenes y
la demanda se vuelve ilimitada y
tiránica: la relación se enrarece y
el niño acaba no disfrutando con
nada. Un poco de espera favorece el
deseo de nuevas cosas y prepara al
sujeto para las frustraciones que la
vida depara.
Con condiciones.
En los
momentos de espera, el niño crea un
espacio donde surge el juego, la
fantasía, la capacidad de pensar y
de concentrarse. Bases para el
aprendizaje en la escolaridad y para
el desarrollo de cualquier actividad
que desempeñará en la vida adulta.
Además, aprender a estar solo con
tranquilidad propiciará en su vida
adulta relaciones con los otros que
no exijan la presencia física
constante y el respeto por los
espacios.
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