|
¿CÓMO
ENCAUZAR LA AGRESIVIDAD DE MI HIJO? |
|
|
|
Un niño de tres años
juega en el patio del colegio. Él es el policía
y su cuidadora, la ladrona, que será encarcelada
de inmediato. |
|
|
|
 |
El pequeño le
grita repetidamente: '¡A la cárcel, por
mala!', mientras la empuja hacia la esquina
que hace las veces de prisión. Enfatizando
la acción, la muerde en un brazo.
Ella se retira con energía y no menos
enfado, pero la cara del pequeño evidencia
que esa acción también le ha sorprendido a
él. 'Me has mordido', le dice, y el pequeño
responde: 'No ha sido de verdad, estábamos
jugando. No es pupa'.
El gesto agresivo de morder desaparecerá a
medida que el niño mejore su lenguaje y
conozca las consecuencias de sus hechos,
pero sin dramatismos.
La agresividad desempeña un papel
fundamental en su desarrollo. Es la forma de
liberarse de las tensiones que le generan
los límites que le impone la educación.
FANTASÍAS Y JUEGOS
Siendo bebé, cuando no obtiene lo que
quiere, el pequeño manifiesta su malestar
mediante reacciones de rabia, gritos,
pataletas y agitación. Más adelante, en
torno a los dos años (la edad de los
berrinches), se producen las primeras
reacciones agresivas directas: se irrita con
facilidad y su comportamiento es negativista.
El aumento de autonomía se corresponde con
un mayor número de prohibiciones de los
adultos. Limitaciones, por otra parte,
necesarias, pero de las que no hay que
abusar. El niño necesita tiempo para aceptar
las imposiciones culturales y educativas.
A los cuatro años, estas reacciones van
desapareciendo y comienza a manifestar su
agresividad mediante el lenguaje, en lugar
de hacerlo por gestos. En esta época, las
fantasías agresivas son variadas y
numerosas, como demuestran sus juegos.
Además, aparecen sueños de angustia y
agresión. Entre los tres años y medio y los
siete, los varones suelen ser bastante
violentos. La agresividad, aunque propia de
un desarrollo normal, no tiene que ser
aceptada por los adultos. Pero tampoco puede
ser reprimida de forma drástica. Deberá ser
encauzada.
|
Fines
positivos
Una buena orientación.
Debemos entender la agresividad como
una defensa frente a las
restricciones que le impone el
entorno. Si éstas son excesivas, la
agresividad aumenta. Al formar parte
de su personalidad, conviene
orientarla y encaminarla hacia fines
positivos. Es conveniente limitar al
pequeño con firmeza, pero también
con cariño.
Diversión en equipo.
En este sentido, el juego es una
buena herramienta para canalizar
toda esa energía. El deporte en
equipo es un buen apoyo.
Violencia continua.
Las conductas agresivas normalmente
van menguando. Pero algunos niños
siguen teniendo reacciones
violentas, como pegar a sus
compañeros o a sus hermanos, gritar
a sus padres y a sus maestros,
romper objetos, etc. Cuando esto
ocurre, es el momento de preguntarse
qué está pasando, consultar con un
profesional y evitar estigmatizar al
pequeño como problemático.
|
|
|
|
|
VER MÁS SOBRE NIÑOS Y
ADOLESCENTES
>> |
|
|
|