Las
expectativas
El niño nace y se desarrolla
dentro de un ambiente familiar determinado,
y las condiciones que éste entorno le
proporcione, junto con las variables
individuales: psicológicas (rasgos innatos
de personalidad) y biológicas, determinan
cómo es el niño y cómo se comporta.
En esta labor de
“jardineros” son muchas las variables que
intervienen, y quizá las más importantes son
aquellas que en el día a día dan forma al
ambiente familiar, los pequeños detalles:
como por ejemplo las expectativas que
tenemos y reflejamos sobre nuestro niño, el
concepto y la idea que nos hacemos de él.
Reflexionemos
acerca de esto.
El “efecto Pygmalion”
En gran medida
somos como los demás nos ven. Es decir, si
las personas que me rodean y me quieren,
cuyas opiniones más influencia tienen sobre
mí, piensan que soy inteligente, me tratarán
como si lo fuese... y así, yo acabaré
sacando de mí toda la inteligencia que llevo
dentro. Si piensan que soy bueno... seré
bueno; si piensan que soy divertido... seré
divertido...
Y también: si
todo el mundo me recuerda que soy torpe, que
no hago nada bien, acabaré por hacerlo peor.
Inconscientemente podemos llegar al extremo
de no querer contradecir la imagen que los
demás vuelcan sobre nosotros, aunque esta
sea mala: si ellos dicen que soy torpe, seré
torpe, se lo demostraré.
Con los niños,
cuya personalidad está en plena
construcción, y por lo tanto es más frágil e
inestable, estos mecanismos tienen una gran
importancia.
¿Realmente
qué imagen tienes de tus hijos?
Reflexiona
acerca de la imagen que tienes de tus hijos.
Hazlo llegando a cuestiones concretas: cómo
le ves en relación con los deportes, cómo le
ves en su faceta de alumno, cómo le ves en
su relación con los iguales, cómo le ves
cuando ayuda en casa, cuando te expresa su
cariño...
Y examina qué
expectativas tienes sobre él, y cómo se las
transmites: le dejas hacer las cosas aunque
a veces las haga mal, si estáis en el parque
y le da miedo un columpio le animas a que se
suba, le exiges mucho en las tareas
escolares, dejas que te ayude en algunas
tareas de la casa...
La
representación que el niño tiene de sí mismo
(autoimagen) y cómo se estima (autoestima)
dependen en gran medida de la imagen que se
refleja en el espejo que para él son sus
padres. Y no basta con quererle mucho para
que nuestras expectativas sobre él sean
positivas, y la imagen que se refleja en
nosotros una buena imagen.
Entonces...
¿cómo educar sin expresar expectativas
negativas sobre nuestro niño?
Lo vamos a
entender claramente con un ejemplo.
Entras en el
cuarto de tu hijo y está completamente
desordenado: ropa y juguetes por el suelo,
libros encima de la cama, la cama, por
supuesto, está sin hacer... No es la imagen
de un cuarto ordenado que a ti te hubiera
gustado ver.
Hagámonos
algunas preguntas:
¿Coinciden los criterios de orden y limpieza
de padres e hijos? ¿Sabe realmente el niño
qué es para ti un cuarto ordenado o
desordenado? ¿Conoce que su obligación es
mantenerlo como a ti te parece correcto? Que
un cuarto esté desordenado, ¿implica
necesariamente que el niño sea desordenado,
y lo sea en todos los órdenes y actividades
de su vida? Cuando le pedimos que ordene su
cuarto, ¿lo hacemos porque pensamos que es
mejor para él, o porque no soportamos ver
algunas cosas por el suelo? ¿Hace falta que
siempre esté muy ordenado, o sólo cuando se
va a limpiar? ¿Tenemos nuestro cuarto,
nuestra vida, bajo un estricto orden y
control?
Y
ahora comparemos estos dos posibles
mensajes:
-
“Tu cuarto
está hecho un desastre. Eres un
desordenado. Tienes que ordenarlo”.
-
“Creo
que tu cuarto está desordenado. A mí no
me gusta verlo así. Podrías ordenarlo”.
Con la
primera respuesta estamos siendo
directivos y algo autoritarios (“ordena
tu cuarto”), y a la vez estamos juzgando
al niño, globalmente, a partir de un
rasgo de su conducta. El problema es
nuestro o, mejor, se sitúa sobre
nosotros: no queremos que el cuarto esté
desordenado, pero lo situamos sobre el
niño, porque él es el desordenado.
Con la primera
respuesta las expectativas que reflejamos
sobre nuestro niño son bien claras. El niño
puede interpretar: “mis padres piensan que
soy un desordenado, que soy un desastre, y
la verdad es que no hay más que ver mi
cuarto...”. Después de esto podrá ordenarlo,
o no, desordenarlo aún más, bien por pura
rebeldía, bien por satisfacer la imagen que
sus padres tienen de él y que él acaba
creyéndose.
En el segundo
caso mostramos nuestros sentimientos,
nuestra opinión: “creo que...”, “a mí no me
gusta...”. Reconocemos que el problema de
que el cuarto esté desordenado es nuestro
problema, porque somos nosotros quienes no
queremos verlo así, y lo situamos sobre
nosotros. Luego, pedimos la colaboración del
niño (“podrías...”). En este segundo caso no
estamos valorando la conducta ni la
personalidad del niño, de manera que las
expectativas que puede percibir sobre él
son, de alguna manera, neutras.
Incluso, la
segunda respuesta podría mejorarse con un:
“creo que eres un chico ordenado y limpio,
pero veo que hoy te has descuidado un poco,
no pasa nada, tiene solución”, o algo así,
de manera que la neutralidad original pase a
ser claramente una expectativa positiva.
¿Qué
opción es la correcta?
Depende. Depende
de muchos factores. No es lo mismo tratar un
problema “leve”: el de un cuarto mal
ordenado, como el de la afición del niño por
subirse a lo más alto de los árboles: en
este caso podemos mostrar nuestra “no
conformidad con su conducta” de la manera
más neutra o positiva que queramos, pero
antes de que se caiga y se rompa un hueso
habrá que recurrir al más tajante de los
autoritarismos y prohibirle que se suba a
los árboles, ¿por qué?: porque lo dicen sus
padres, y punto; (luego habrá que buscar una
escuela infantil de escalada).
Estos ejemplos
pueden resultar intranscendentes, pero
trasladados a un entorno escolar, por
ejemplo, donde continuamente se está
evaluando la actuación del niño en
determinadas tareas, es crucial no sólo el
qué sino el cómo se digan las cosas.
Lo más
importante es poder analizar los mensajes
que lanzamos a nuestro niño, y teniendo toda
la información en la mano, poder decidir.
¿Qué pretendo?: si sólo quiero que recoja el
cuarto, y no hacerle ver que es un desastre
y un desordenado, ¿cómo se lo puedo decir?.
Aunque no siempre se tiene tiempo...
¿Pero hace falta
razonarlo todo?: ¡no! Cuánto más pequeño sea
el niño, menos razonamientos y explicaciones
nos pedirá: “pero mamá, ¿por qué...?: porque
tus padres lo dicen”, será en muchas
ocasiones una opción tan buena como
cualquier otra.