Los más osados
llegan a sugerirte que cambies cosas de tu
vida, porque están seguros de que te iría
mejor. Quizá tengas cerca de ti a alguna
amiga consejera que intenta orientar tu
vida. O una madre que te aconseja demasiado,
o una pareja que, en cuanto oye que emites
una queja, intenta darte la solución al
problema.
Quien imparte consejos se coloca en la
situación del que sabe, del que tiene algo
que dar, en una situación de poder respecto
al otro.
Entre el que da consejos y el que los recibe
se establece inevitablemente una relación de
dependencia. El primero se gratifica
dirigiendo las vidas ajenas, y el segundo
colocándose en una posición de debilidad de
la que obtiene algún placer.
No es conveniente aceptar los consejos que
no se piden, ni se deben dar los que no han
sido solicitados. Aquél que da un consejo
sin que se lo hayan demandado, ejerce un
poder que no le corresponde, y pone de
manifiesto su desconfianza en la capacidad
del otro para resolver lo que le ocurre.
Con toda seguridad, es un ignorante de sí
mismo y trata de ocultar sus dificultades.
No es inusual que personas empeñadas en
hacer recomendaciones a sus allegados, se
nieguen a aceptar los problemas personales
que les atañen.
¿Cuándo y por qué necesitamos los consejos?
¿En qué consiste un consejo? ¿Hay buenos y
malos consejos? ¿No te gusta que te los den
o los buscas para resolver tus conflictos?
Dar un consejo con excesiva rapidez es tapar
la boca a aquél que tiene un problema. La
persona que tiene una dificultad, lo que
necesita es que le escuchen y que le ayuden
a encontrar la solución.
Muchas veces, el mejor consejo es una
pregunta acertada que haga reflexionar sobre
el tema a quien se encuentra en un apuro. El
consejo sólo sirve cuando el que lo pide se
halla cerca de decirse a sí mismo lo que el
otro le aporta con sus palabras.