La imagen del
cuerpo es la memoria inconsciente de todo lo
vivido; representa al sujeto deseante que
existe en cada uno de nosotros y recoge todo
nuestro pasado libidinal y comunicacional.
¿De qué manera? El cuerpo deseante se va
formando desde la concepción y es el
resultado no sólo de la experiencia
perceptivo-motriz sino, también, de nuestra
sensibilidad erógena. Desde los inicios de
la vida, la libido o energía sexual está
diversificada en una serie de fuentes de
excitación: la boca, el ano, los órganos
genitales... A lo largo de nuestra vida,
atravesamos distintas fases del desarrollo
psicosexual en las que predomina una u otra
de estas zonas erógenas.
Éstas son los puntos privilegiados de
intercambio con el ambiente y, al mismo
tiempo, reciben la máxima atención y
cuidados de la madre por lo que son
naturalmente estimuladas y excitadas.
LA GRANDEZA DEL CUERPO HUMANO
Cuando un paciente obsesivo llega a la
consulta del psicoanalista, la idea obsesiva
no siempre aparece pura o en primer plano.
En la mayoría de las ocasiones, la persona
sólo presenta el sufrimiento que le producen
la reiteración de determinados actos, más o
menos ritualizados, como por ejemplo,
lavarse las manos repetidamente, colocar en
una determinada posición los muebles de su
habitación como requisito indispensable para
poder conciliar el sueño, caminar sin tocar
las junturas de las baldosas, contar siempre
hasta un número concreto antes de atreverse
a realizar una determinada acción...
En tales casos, la idea obsesiva primaria,
de la que se defiende el sujeto obsesivo,
sólo podrá verbalizarse y ser interpretada,
al final de un recorrido.
PUNTOS DE ESTIMULACIÓN
Todo el cuerpo tiene la propiedad de
convertirse en erógeno, desde el conjunto de
la piel hasta las mucosas, incluidos los
órganos internos. En este recorrido y al
calor de la relación con la madre, cada niño
vivirá su cuerpo de una manera singular,
según su propia historia evolutiva,
compuesta por experiencias que habrán sido
más o menos satisfactorias o frustantes.
Así irá formando una imagen propia de su
cuerpo erógeno, que es siempre inconsciente.
Esta imagen se va conquistando
progresivamente con el fin de lograr una
unidad y poder dominar el cuerpo como un
todo, que siempre conservará una dimensión
imaginaria o fantaseada.