Todos los seres
humanos somos partes y porciones del Señor
Supremo, por lo tanto somos muy valiosos.
Cada uno de nosotros tiene una relación
única y especial con el Creador, lo que
reafirma nuestro valor.
Por otro lado, al analizar la parte corporal
(órganos y sentidos de nuestro cuerpo) nos
maravillamos de la perfección con la que han
sido creados. La estructura de un ojo, la
ingeniería de un oído, la percepción de la
piel, lo magistral del diseño de una mano y
nuestras facultades psíquicas, muchas de
ellas aún desconocidas y otras que nos
sorprenden por su singularidad. La capacidad
de autodistanciarnos de nosotros mismos, la
conciencia como juez interno, la cualidad de
sonreír aún a pesar de las adversidades, la
generosidad de las personas para auxiliar a
otras más necesitadas, la sensibilidad para
crear poesía, música, arte; todo esto y
mucho más son motivos para valorarnos.
El deseo de avanzar, tanto espiritual como
materialmente, es una imperiosa necesidad y
para esto es fundamental creer en nosotros
mismos. De este paradigma depende nuestra
evolución, nuestro avance o retroceso.
En el campo de la productividad solamente se
puede esperar tareas de calidad, en la
medida en que la persona se crea a sí misma
capaz de realizar acciones de calidad y esto
se hace extensivo a todos los campos: si
creemos en nosotros mismos nos exigiremos
mayores rendimientos.
Todos los seres humanos poseemos un
potencial extraordinario, no podemos negar
que lo tenemos, pero quienes desconocen su
existencia no pueden utilizarlo.
El vehículo que nos permite lograr la
realización integral de nuestra mente y
nuestro cuerpo, es el conocimiento, la
educación. Lamentablemente en la historia
del mundo, muchos seres humanos han nacido y
vivido sin saber para qué y por qué han
existido.
No existe peor esclavitud que la ignorancia,
la cual ha condenado a muchos seres sólo a
vivir biológicamente y no existir en
plenitud