Generalmente se
dice que las zonas erógenas masculinas son,
ante todo, el glande, la zona ventral del
pene y perineo. Y en la mujer todos los
elementos de la vulva, particularmente el
clítoris.
Sin embargo,
además de las zonas genitales también pueden
ser erógenas otras partes del cuerpo (ano,
zona interior de los muslos, aréolas
mamarias, cuello, boca, etc) ya que éste en
su totalidad, es el órgano que nos permite
expresar y sentir placer, es el vehículo a
través del cual nos relacionamos a nivel
sexual.
No es bueno
obsesionarse con las zonas eróticas ya que
todo el cuerpo, de forma natural, reacciona
positivamente al contacto y a la
estimulación sexual. En general,
reaccionamos a estímulos muy variados:
táctiles, visuales, verbales, etc.
Cuando una
persona resulta atractiva provoca deseos de
besarla, acariciarla, tocarla, etc. que es
fundamental para aumentar el contenido
erótico que le damos a su cuerpo. Otras
veces, ésta nos resulta atractiva en sí
mismo sin que conozcamos nada más de la
persona porque se asemeja a nuestra idea de
lo bello o deseado pero la gran mayoría de
las veces, es el conjunto de la persona con
sus gestos, manera de ser, de hablar, de
comportarse, lo que va cargando de
connotaciones eróticas ese cuerpo.
Lo que no ocurre
casi nunca es que un cuerpo resulte
atractivo por su pene o su vagina de manera
aislada y sin embargo son las partes que más
pueden llegar a obsesionar en una relación
sexual, concentrando allí la gran mayoría de
las caricias, besos, etc. olvidándose que el
resto del cuerpo es capaz de sentir y dar
placer.
Cuando se
mantienen relaciones sexuales hay cosas que
gustan más o menos, caricias que producen
más placer, días que apetecen más, etc. y
todo esto hay que descubrirlo, reconocerlo y
expresarlo.
Cada cultura y
cada momento histórico marcan lo que algunos
denominan Códigos Eróticos, es decir,
aquello que se considera “normal” a nivel
erótico. Nuestra cultura ofrece un carácter
muy restringido y perjudicial para el
desarrollo de nuestro cuerpo en este
sentido. Los medios de comunicación y la
publicidad proponen unos cuerpos de unas
determinadas dimensiones, formas, tamaños y
nos presentan un modelo de lo atractivo y
deseado.
Éstos modelos no
recogen la variedad de cuerpos con los que
se convive. Esto puede hacer que en
ocasiones se infravalore la capacidad de
provocar deseo, creando sentimientos de
incomodidad ante la desnudez en momentos de
intimidad y condicionando lo que resulta
atractivo de las demás personas.
Las relaciones
sexuales se ven influenciadas en gran medida
por todo lo mencionado, limitando nuestra
capacidad de disfrutar, de dar y recibir
placer, inhibiendo y a veces incluso
frustrando. Vivir con la globalidad del
cuerpo y entender que es cuando lo tocamos,
lo mimamos, lo besamos, etc., cuando alcanza
su esplendor en sentido erótico, nos puede
ayudar a disfrutar de una manera más
satisfactoria de nuestra sexualidad.