“Había una
diferencia importante entre los sueldos de
ambos, pero además, yo estaba muy pila con
otras cosas: había empezado fotografía y
yoga”, recuerda ella, Marcela (33 años) “era
jodido, nos replanteamos mucho la relación”.
¿Las razones? “Entre otras, creo que el
problema era el crecimiento desparejo”,
intenta responder.
Para tratar
el “problema” –si realmente es uno- en
principio habría que empezar por definir qué
se entiende por crecimiento. El crecimiento
psíquico posee variables complejas (no
precisamente observables) que deben ser
analizadas caso por caso; pero no se trata
de una constante lineal. Una persona crece y
madura a partir de su historia personal,
supera ciertos obstáculos. Todo crecimiento
implica pérdidas y la posibilidad de
tramitarlas.
Es como
cuando terminás la primaria: depende de cómo
tramites la pérdida, te sentirás de una
manera (u otra) en el secundario. A eso que
elaborás lo llamamos duelo: consiste en
tomar noticias de que una cosa se ha perdido
para siempre y que nos queda el recuerdo. De
la pérdida al recuerdo hay toda una
elaboración que implica la angustia, el
llanto, el enojo, la tristeza y demás; es un
proceso que empieza y termina. La cuestión
es que ese proceso deja marcas, y el
crecimiento se apuntala en éstas: nos
advierten con qué herramientas contamos para
enfrentar nuevas situaciones.
Cuando una
persona va creciendo, se enfrenta con su
historia y la manera en la que fue
resolviendo. Cuando ésta se encuentra en
pareja el panorama es otro: aparecen las
diferencias acerca de cómo se trata a la
realidad (vinculadas a los recorridos de
vida particulares). Ante un obstáculo, A
tiene cuchillo y tenedor, B cuchara y
cucharón. Este puede ser resuelto en minutos
por uno y en horas por otro.
Ahora bien,
¿qué sucede cuando a A le recortan el
salario o lo despiden? Su situación real se
torna más compleja y la resolución del
problema, también. ¿Qué pasa con la
preocupación que trae de vuelta a su casa?
Hay un esfuerzo de A para resolver esto que
le aqueja que no depende de él.
Tal vez este
nuevo escenario puede armar una fuente de
conflicto con B (que tampoco puede con éste)
donde la preocupación y la ansiedad por
resolverlo se vuelven algo insostenible.
“Durante el
tiempo que estuve en ese bajón, se sumó que
disfrutaba menos de estar con Marcela, no
tenía ganas de salir ni bancarme a los pibes
(aunque ellos, pobres, no tenían nada que
ver). Me obsesionaba descubrir que ya no era
yo el que pagaba el club y el cine. No sé,
me costaba mucho asumirlo”, admite Enrique.
Detrás de los testimonios a veces se
esconden los mitos, entre ellos, el de la
igualdad. Es necesario ver cómo hacen A y B
para reencontrarse, pero no a pesar de las
diferencias, sino con las diferencias. Este
con significa ponerse a laburar, tratar de
apoyarse mutuamente. Si en este momento B
está mucho mejor con su historia personal
debe tratar de colaborar con A para que sea
más llevable su situación. Pero además A
tiene que empezar a poder pedir ayuda y
aceptar que B puede estar mejor.
Este tipo de
cambios puede chocar con los típicos lugares
sociales designados para los hombres y las
mujeres a través de la cultura, las
tradiciones; conmoviendo los lugares que
cada uno ocupa no sólo en su trabajo, sino
en la familia. Cosa que produce un
movimiento “de las placas tectónicas” (las
que soportan los continentes) ¿qué se puede
hacer ante estos momentos críticos?
Una opción es
que B diga ‘vos tenés esa dificultad, estás
más tenso, yo entonces flexibilizo otras
cuestiones. Te banco así hasta que la puedas
o la podamos resolver. Te acompaño más: si
querés podemos estar más con tus amigos,
visitar a tu familia, conversar más de lo
que sentís (y yo, salir menos con mis
amigos)’. O sea, hacer un trabajo plus de
contención.
Pero no sólo
una de las partes cambia, la otra debe poder
soportar perder ese lugar de llevar los
pantalones de la casa, entre otras cosas. El
conjunto de todo esto cuestiona el punto de
seudo-seguridad supuesta con la que todos
vivimos. Basta con que pase algo que nos
muestre lo contrario para que nos demos
cuenta que éste no existía, sólo era
imaginario.
Por eso
resulta esencial no preasignar roles rígidos
e inmodificables: la mujer no limpia la casa
y se encarga de los chicos, ni el hombre
trae el pan de cada día. En el contrato de
armado de la pareja tiene que existir la
posibilidad y versatilidad de hacer de
nuestras diferencias eso que nos acompañe y
contenga. La relación que construimos es un
rompecabezas de piezas asimétricas, que
armamos y rearmamos constantemente.
Lo cual va
más allá de los roles que la sociedad
propone y estandariza, porque una de las
consecuencias negativas de la
estandarización es el borrado de las
diferencias, la homogenización. La idea es
correrse de la seriación, armar una base de
pareja que nos permita afrontar la realidad
sea cual fuere, porque podemos reacomodar
las piezas, ser versátiles en los momentos
que cada uno vive en su dimensión laboral
más allá de la competencia de quién es más
exitoso, gana más plata o es más reconocido.
Se trata de transitar –simplemente- las
diferencias.