Ahora bien, las
diferencias entre los miembros de la pareja
pueden ser fuente de satisfacción cuando en
su relación no habita la intolerancia, la
intransigencia ni el deseo de dominar al
otro. Entonces, surge la pelea.
La mayoría de discusiones que surgen cuando
se tienen gustos opuestos es porque se crean
lazos de dependencia tan fuertes que se hace
difícil comprender que lo más normal es que
haya discrepancias y gustos diferentes. La
sensación de asfixia o invasión no se
produce cuando cada miembro de la pareja es
capaz de defender su propio espacio.
El matrimonio es el proyecto de compartir la
vida con otro, de acompañar y ser acompañado
por ése al que hemos elegido como pareja por
razones que van más allá de la razón y que
están muy cerca de la pulsión.
Esa fuerza desconocida que nos empuja a
querer al otro se basa en asociaciones
misteriosas y, a veces, desconocidas, porque
son inconscientes. Disfrutar de gustos y
actitudes opuestas puede cumplir una función
importante porque ese 'desequilibrio' pone
en marcha la ley de la compensación.