No todo el mundo
sabe amar. Para que el amor se produzca hay
que haber recorrido un proceso determinado y
tener una maduración psicológica que no se
da de entrada.
Se aprende a amar igual que se aprende a
vivir, y la base sobre la que levantamos el
edificio amoroso proviene del trabajo
psicológico que hayamos llevado a cabo para
organizar nuestra subjetividad. Ésta se
conforma dentro de la familia; allí es donde
aprendemos a amar a partir de lo que vemos y
de lo que intuimos.
Es muy importante cómo nos tratan y nos
respetan; cómo reconocen nuestra forma de
ser o cómo la rechazan. Hombres y mujeres
aprendemos a querer con el bagaje que nos da
nuestra historia emocional.
El amor, como la identidad sexual, requiere
una elaboración mental intensa y cotidiana.
Es un trabajo que no se acaba nunca, porque
sus formas cambian, como nosotras mismas, a
lo largo de la vida. No somos ni amamos
igual a los 20 años que a los 50.