"Tierra de la
blanca nube" o Aotearoa, este es el nombre
que los maoríes pusieron a Nueva Zelanda
cuando llegaron por primera vez a sus playas
hace más de mil años. Cuenta la leyenda que
acudieron embarcados en siete canoas
procedentes de diferentes lugares de la
Polinesia.
Durante siglos
fue un paraíso aislado donde el hombre y la
naturaleza vivían en una simbiosis perfecta.
Sin embargo, el progreso no tardó en llegar
de la mano de los primeros exploradores que
se interesaron por esta espectacular reserva
natural. En 1642 fue el holandés Abel Tasman.
Sin embargo, tuvieron que pasar más de cien
años para que alguien se tomara la aventura
realmente en serio. Fue precisamente el
capitán británico James Cook quien realizó
tres viajes a las islas, el primero de ellos
en 1769. El 6 de febrero de 1840, el Reino
Unido firmó con varias tribus maoríes el
Tratado de Waitangi. En este documento los
británicos se comprometían a proteger las
tierras de los maoríes siempre y cuando
ellos reconocieran las leyes inglesas. Nueva
Zelanda pasaba así a formar parte de la
Commonwealth, del gran imperio británico.
Con el paso del
tiempo, los nuevos asentamientos de europeos
en las islas acentuaron el enfrentamiento
entre ambos grupos. Pese a ello, Nueva
Zelanda ha sido siempre un país con carácter
y uno de los más avanzados en el plano
social. De hecho, fue el primero en el mundo
en reconocer el derecho de voto de la mujer
(1893), en adoptar un sistema de pensiones
(1898) y en poner en marcha un programa para
cuidar a los niños (1907). Igualmente, fue
alumno aventajado a la hora de hacer que las
personas mayores, las viudas y los huérfanos
pudieran beneficiarse de la seguridad
social, así como en reducir la jornada
laboral a cuarenta horas semanales y en
introducir un subsidio por desempleo y un
seguro médico (1938).
Con estos
antecedentes de lo único que podemos estar
seguros es de que cruzar el Atlántico,
sobrevolar los Andes y el continente
Antártico y atravesar el océano Pacífico
para llegar hasta Nueva Zelanda vale la
pena. Como mínimo es una oportunidad única
para descubrir un país de una impactante
belleza natural, un patrimonio cultural
diferente y una manera de vivir que se
contagia apenas se aterriza en esta isla
llena de contrastes.
Nueva Zelanda
está compuesta por dos islas grandes y
varias pequeñas. La Isla Norte tiene un
clima templado y volcanes activos, mientras
al sur se sitúan grandes montañas con
glaciares y lógicamente, un clima más frío.
El contraste en su forma más pura.
La
isla del Norte
La primera
parada obligatoria es Auckland -en la isla
del Norte-, la ciudad más grande del país,
por delante, incluso en cuanto a número de
habitantes, de la capital del país,
Wellington. Es también el principal centro
industrial, además de ser la que cuenta con
la mayor población de origen polinesio de
toda Nueva Zelanda. Sin embargo, este animal
cosmopolita no ensombrece en ningún momento
la belleza natural en la que la ciudad se
asienta: en primer plano el golfo de Hauraki,
más allá el océano Pacífico, y donde apenas
alcanza la vista, con centenares de islas y
salvajes playas de arena negra. No hay que
olvidar que cada año la Copa América atrae
hasta la bahía de Auckland a los mejores
marineros del mundo. Un trasiego al que hay
que unir las más de ochenta mil
embarcaciones que normalmente se encuentran
amarradas en el puerto.
Desde lo alto de
la ciudad, la espectacular Sky Tower (Torre
del Cielo) observa este frenético ajetreo.
Abierta al público por primera vez en 1996,
sus 328 metros de altura la convierten en la
más alta del hemisferio sur. Para disfrutar
de una vista incomparable de la ciudad hay
que subir hasta el último piso. Esta
aventura puede realizarse en un periodo de
tiempo no demasiado extenso a no ser que uno
quiera hacer un alto en el camino y visitar
los teatros, el Sky City Casino, los bares y
los restaurantes con los que es posible
tropezar en el ascenso.
Para los amantes
de la historia, el Museo Marítimo Nacional
es cita obligada. En él se nos dan las
claves para entender esa relación tan
especial que tienen los neocelandeses con el
mar. Tampoco hay que dejar de ver el Kelly
Tarlton's Antartic Encouter Underwater
World, un museo submarino que permite
caminar entre peces autóctonos, incluidos
los tiburones.
A la hora de
perderse por las calles de Auckland la mejor
apuesta es hacerlo por las zonas de moda:
Queen Street y Highstreet. El ritual
comienza a las seis de la tarde. Es en este
momento cuando se busca la tranquilidad de
las cervecerías, en las que la familia al
completo se reúne para jugar al pool y ver
el partido de rugby de cada día. Una
curiosidad, los propios habitantes de Nueva
Zelanda se hacen llamar "kiwis", con el
mismo nombre que se denomina a la fruta que
ha hecho a este país tan conocido. La
mayoría de la población (3'8 millones) es de
origen europeo. Los descendientes de maoríes
representan el quince por ciento pero hay
cada vez más de origen asiático. La calle
Queen Street -una pequeña Londres- agrupa
las tiendas de diseño de ropa y de
decoración de los jóvenes diseñadores
locales.
En medio de esta
vorágine urbana nos encontramos con la
península de Coromandel, la tierra
prometida. Bosques, playas y pequeños
pueblos escondidos asoman ante nuestros
ojos. Un espectáculo que continúa hacia el
norte y que nos descubre la magia de
ejemplares milenarios de árboles de kauri,
gigantescos monumentos de la naturaleza,
imposibles de encontrar en otro lugar. Todo
ello será posible siempre que no abandonemos
la ruta marcada por la línea de ferrocarril,
el Driving Creek Train.
En la ruta de
Coromandel, Thames, Whitianga y Whangamata,
está quizá lo mejor de la Isla del Norte de
Nueva Zelanda: un cordón de pueblecitos de
estilo particular, cincuenta por ciento
ingleses, cincuenta por ciento con
reminiscencias de ciudades norteamericanas
al borde del camino. Amanecen temprano en
las cafeterías y en los talleres que
reproducen la artesanía y los símbolos de
los maoríes.
Para muchos,
este es el mejor país del mundo. Desde el
extremo norte de la Isla del Norte hasta el
punto más austral de la Isla del Sur
concentran una variedad de paisajes
destacables con innumerables Parques
Nacionales y reservas. El verde no falta en
ningún rincón de este país. Los volcanes y
lagos abundan e incluso se confunden, como
es el caso del lago Taupo, que yace hoy
tranquilo en un enorme cráter, mientras las
arenosas playas alternan con costas
acantiladas. Así es como Nueva Zelanda se
muestra al mundo.
La
isla del Sur
Según afirman
los propios neocelandeses esta isla es la
más bonita del país. Entre los meses de
octubre y diciembre las lluvias se
incrementan favoreciendo el crecimiento de
los helechos, haciéndola parecer más salvaje
de lo que es en realidad. En el sur se
encuentra Christchurch, capital de la Isla,
a la que se puede acceder por una ruta única
que durante más de 100 Km bordea el mar y
que permite ver lobos marinos, pingüinos y
si se observa con más detenimiento,
ballenas.
Christchurch,
ciudad con un antiguo estilo inglés, es la
que más sorprende. Después de visitar el
centro Antártico ubicado en este lugar por
haber sido puerto de importantes
expediciones, es recomendable cruzar a la
costa este de la isla. Por delante tan sólo
a dos pasos de montaña: Porter´s Pass y
Arthur Pass. Atravesarlos merece la pena
aunque sea únicamente por la belleza de los
paisajes de montaña repletos de bosques,
ríos y cascadas.
En la ciudad de
Paihia, es imprescindible llegar hasta el
faro de Cape Reinga y viajar por la 90 Mile
Beach hasta las dunas gigantes donde se
practica sandboard. Rumbo a Auckland, se
puede salir a pescar en el Mar de Tasmania,
en Opononi y visitar el fabuloso kauri "Tane
Mahuta", en Waipoua Forest de Matakohe. Una
vez en Auckland, es impresionante caminar
sobre el piso transparente de la Sky Tower a
más de 300 metros del suelo y mirar hacia
abajo. Finalmente, en Coromandel, se puede
visitar un taller de artesanía maorí en
Whitianga.