Kalambaka es la
ciudad griega desde donde se divisa la
magnitud de un valle místico, más allá de
una ascensión vertical que culmina en unas
rocas misteriosas con forma cilíndrica. El
color gris y la soledad de sus fortalezas es
la puerta de entrada a un lugar que ya desde
lejos llama a los visitantes más ávidos de
experimentar la belleza a través del
misterio de una religión.
En el valle de
Meteora sobresale el Monasterio de Ayios
Stéfanos. A modo de altar, la solemnidad de
esta edificación es motivo de impaciencia en
el que lo divisa a lo lejos sin conocer un
camino. Pero para llegar a él sí existe tal
sendero. Gran parte del misterio de la zona
se debe a la erosión que hace unos 50
millones de años sufrió la llanura de
Tesalia por acción del mar.
El siglo XI fue
el que puso el primer pie monacal en la
región inaugurando el terreno como
especialmente dotado para el retiro
ascético. Fueron muchos los hombres que se
retiraron a las cuevas naturales que se
habían conformado en las rocas. La belleza
nuevamente en la historia del hombre,
contribuía a serenar el espíritu pero fue en
el año 1336 cuando el valle empezó a
establecerse como tal debido a la fundación
oficial del primer monasterio.
Gracias a estos
monjes, la sociedad moderna ha podido
apreciar la inmensidad estética de los
parajes en cuestión. De esta manera, han
sido muchas las filmaciones que han
seleccionado sus tomas en Meteora. Como la
película "Sólo para tus ojos" de James Bond
o los anuncios rodados para captar la
atención de los telespectadores.
Más allá de
modas, sin embargo, hoy en día los cuatro
monasterios más accesibles se han convertido
en museos, funcionando tan solo dos (Ayía
Triada y Ayios Stéfanos) con fines
religiosos.
Si el misterio
de la zona atrapa al viajero, entonces hay
que pensar en dedicar un día entero en
recorrer tan sinuoso espacio. Para ello, es
inevitable dormir en una de las ciudades más
cercanas. Kalambaka o el pueblo de Kastraki
son una elección correcta, más aún si
tenemos en cuenta el enclave del segundo,
asentado a los pies de las rocas.
Kalambaka es un
terreno urbano que carece de interés
turístico. Su disposición hotelera como
lugar de paso es su único encanto o su única
razón de ser. Hoteles como Olympion o
Georgios Totis ofrecen un servicio completo,
recogiendo a los visitantes desde las
diversas estaciones de autobús o
ferrocarril. Por otro lado, de camino a
Kastraki se encuentra el camping Vrahos y el
de Boufiohis, especial por su ubicación a
los pies de los pináculos.
El
ritual del viajero
Ponerse en
marcha a primera hora de la mañana es uno de
los requisitos básicos para lograr el
objetivo de todo viajero en Meteora. Lo
ideal es que el viajero pueda prever que
antes de las 13 horas ha podido ver los
monasterios de Ayios Nikólaos, Varlaam y
Megalo Meteroro. El resto del día será
perfecto para dedicarlo a la ruta a pie que
va desde Kastraki hasta Ayios Stéfanos. Diez
kilómetros que convertirán al turista en un
peregrino y al peregrino en un penitente por
las delicias que harán que el placer
estético sea una perdición para su ánimo.
El entrar en los
monasterios es en sí mismo una aventura.
Seguir las normas básicas de los que allí
viven y conviven es imprescindible además de
vestir faldas las mujeres, pantalones largos
los hombres y brazos cubiertos ambos sexos.
Un ritual por el que cualquiera pasa con tal
de adentrarse en el umbral del misticismo
griego.
La
vía placentera
La carretera de Kastraki asciende
serpenteando entre enormes salientes rocosos
y pasa junto a la ermita capilla de los
Doúpiani. Antes de girar a la izquierda por
un camino que sube por una roca baja hasta
Áyios Nikólaos, un pequeño monasterio del
siglo XIV, recientemente restaurado que se
erige para regocijo del visitante, el cual,
tras intuir un destino nunca sabe dónde le
asombrará el lugar esperado.
La katholikón
(capilla principal) está decorada con
espléndidos frescos del siglo XVI y junto a
él, en un finísimo pináculo se encuentran
las ruinas de Agía Moní, destruido y
abandonado en 1858 a causa de un terremoto.
A unos 15 minutos, surgen tres caminos
adoquinados y bien señalizados que conducen
al pequeño convento de Roussánou (o Agía
Varvára), fundado en 1288. Al éste se accede
atravesando unos puentes de vértigo desde
una roca cercana. Éste es quizá el enclave
más extraordinario de todos los monasterios,
ya que hay muros construidos al borde de un
precipicio rocoso.
Varlaam es otro
de los monasterios más antiguos y bonitos
del valle. El katholikón, magnífico pese a
sus dimensiones reducidas, se sustenta sobre
vigas pintadas y los muros y pilares están
decorados con frescos. Hoy en día el acceso
a los monasterios es más seguro frente a las
técnicas rudimentarias que se utilizaban
hace años, aunque también agotador, por los
195 escalones esculpidos en la pared de la
roca.
Desde Varlaam
hay un camino que va hacia el norte hasta
Megalo Metéoro, el monasterio más grande y
de mayor altura, erigido a 415 m sobre el
nivel del terreno. Destaca por su
magnificencia el katholikón, una especial
iglesia de planta de cruz griega cubierta
por una cúpula elevada.
A Ayía Triada
(Santísima Trinidad) se llega subiendo 140
escalones excavados en un túnel de la roca.
Aunque Ayía Triada está situado sobre un
risco aislado y su pequeño jardín acaba en
un profundo precipicio, hay un camino al pie
de los escalones del monasterio que lleva de
vuelta a Kalambaka, con 3 Km de recorrido
bien señalizado evitando la larga caminata
de regreso.
Ayios Stéfanos,
construido en el 1192, es el último
monasterio situado más al oeste de todos, a
20 minutos a pie desde Ayía Triada.
Tras este
recorrido monástico, el que aún desee
saciarse más de la belleza griega, destacan
los enclaves de Delfos o Metsovo, un típico
pueblo de montaña con una infraestructura
turística en continuo crecimiento. Otro de
los atractivos más cercanos es Ioánnina,
localidad con cierto carácter y el principal
centro de comunicaciones con los pueblos
apartados de la comarca de Zagóri y el
desfiladero de Vikos. Los picos escarpados,
las salvajes gargantas y los ríos
turbulentos del Pindo que protegen el Epiro
son apreciados por su belleza natural, algo
de lo que no carece el país griego.