
Madeira es la
isla principal de un pequeño archipiélago
portugués situado a 32 grados latitud norte
en el océano Atlántico, a unos 1000 kilómetros
al sudoeste de Lisboa. Con una superficie
total de 796 kilómetros cuadrados tiene su
capital en la ciudad de Funchal. Su
formación sigue siendo una incógnita. Se
cree que surgió tras una serie de erupciones
volcánicas que se produjeron durante la Era
Terciaria, pero su origen volcánico no se ha
demostrado fehacientemente. Cuando la
ciencia no halla respuesta, crece la fábula
que asegura que no es más que un fragmento
no sumergido del legendario continente de
Lemuria.
Una serie de
volcanes se alinean entre Tristao, al Oeste,
y Sao Lourenço, al Este, formando una cadena
de montañas erizadas y cuya altitud sólo en
sus extremos desciende por debajo de los
1200 m. Su orografía parece un enorme
iceberg de 8.000 metros, de los cuales, sólo
los 1.800 últimos sobresalen sobre el nivel
del mar. Destacan por su espectacularidad
los acantilados surgidos de grandes moles de
lava profundamente quebrados.
La única llanura
es la de Paul de Serra, meseta desnuda
situada a 1.400 metros de altitud en el
centro-oeste de la isla. Bañada por
influencias marinas de una altitud
subtropical. La isla goza de un clima
sumamente templado, el régimen de lluvias es
de tipo mediterráneo, éstas caen
principalmente en otoño y en primavera en
forma de grandes tormentas, mientras que el
verano es muy seco. El clima en Madeira es
muy cambiante, al ascender nos podemos
encontrar de repente envueltos en la niebla
o totalmente mojados.
Visitantes ilustres a lo largo de la
historia
Según documentos encontrados, la isla era ya
conocida en la antigüedad por los navegantes
fenicios. Se sabe con seguridad que fue
descubierta por marinos italianos a
principios del siglo XIV puesto que su
nombre figuraba ya en los mapas florentinos
de los Médicis de 1931. Durante las
expediciones marítimas posteriores, dos
navegantes, Joao Gonçalves y Tristao Vaz
Teixeria, tomaron posesión de la isla en
1419 en nombre del rey de Portugal, Juan I.
Fueron los
portugueses quienes le dieron el nombre de "Ilha
da Madeira" (isla de madera) por la
abundancia de sus bosques. A lo largo de
toda su historia ha sido visitada por
personajes ilustres como el marino James
Cook, el bucanero Kidd o Cristóbal Colón,
quien en 1478 llegó a la isla para comerciar
con azúcar, y fue en esta isla donde se
casó. También disfrutó de sus maravillas la
emperatriz Sissí y se convirtió en el lugar
de descanso para el político Churchill. A
mediados del siglo XIX se convirtió en el
destino predilecto de las clases acomodadas
de Europa quienes, atraídos por su clima
subtropical, se instalaban en casas que los
ricos comerciantes ingleses les alquilaban.
La isla era ya muy conocida por sus riquezas
en aquella época. La caña de azúcar y el
vino han sido hasta nuestros días las
mayores riquezas de Madeira. La isla se
convirtió en la principal proveedora de caña
de azúcar en la época medieval, gracias a la
red de acequias que aprovechaban el agua de
las cumbres y servían como vías de
comunicación.
Esta
construcción, llevada a cabo por esclavos
suma unos 2.100 kilómetros, con más de
cuarenta túneles excavados en la roca viva.
Las rutas que les siguen, entre paisajes
espectaculares, son uno de los atractivos
turísticos de Madeira. La caña de azúcar tan
sólo se cultiva ahora para obtener los
alcoholes necesarios para la fabricación del
vino.
La producción de
vino es, en efecto, la actividad principal.
Existen cuatro variedades según la altitud
en que se planten las viñas: Sercial, el más
seco, Verdéelo, semi-seco; Boal, semi-dulce,
para acompañar al queso; y Malvasía, dulce,
para los postres. Fue a partir de mediados
del siglo XV cuando se introdujeron en la
isla las cepas de malvasía y de candía.
Todas sus variedades disfrutan desde hace
tiempo de una gran reputación. La
comercialización de los vinos, la efectúan
los ingleses, quienes, junto con Estados
Unidos, son los principales consumidores.
La belleza de
los paisajes, sus cumbres inaccesibles, la
profusión de las flores -fucsias,
hortensias, buganvillas, abundan en los
jardines, a lo largo de los caminos y
alrededor de los campos- y el clima templado
convierten a Madeira en un lugar muy
apreciado y buscado por los turistas.
Actualmente el turismo está en plena
expansión y constituye una de las primeras
actividades de la isla. Al mismo tiempo
contribuye al desarrollo de la única
actividad artesana notable: el bordado, cuya
finura y gran variedad de motivos gozan de
una gran reputación.
De
visita por la isla
Exceptuando
cruceros organizados o yates privados, la
única forma de llegar a Madeira es por vía
aérea. Para moverse por ella se pueden
utilizar los autobuses públicos, una forma
inmejorable de conocer a sus habitantes y su
paisaje. En el aeropuerto de Santa Caterina
es posible también alquilar coches por un
módico precio. Si desea visitar otras islas,
un transbordador enlaza con la isla de Porto
Santo a diario. Sale a primera hora de la
mañana y regresa a las nueve de la noche. El
viaje dura tres horas y los billetes pueden
comprarse en el puerto.
La rua Corpo
Santo es el pórtico del barrio viejo. Allí
se combinan los restaurantes con multitud de
tiendas de sombreros de paja y telares. Al
final de ella, la fortaleza de Santiago, del
siglo XVI, alberga un museo de arte
contemporáneo.
De visita
obligada es el Museo Quinta das Cruces. En
él se pueden contemplar losas sepulcrales,
ventanas manuelinas, varios escudos de armas
y deleitarse con un paseo por su maravilloso
jardín. Igualmente es recomendable visitar
la villa de Blandy's Garden, a las afueras
de Funchal y rodeada de una exuberante
vegetación. En el interior de la villa se
puede contemplar una interesante colección
de litografías que muestran cómo era la vida
isleña en el siglo XIX.
También resulta
interesante visitar el pueblo de Monte, zona
de veraneo por excelencia hasta los años 40
y lugar donde vivió y murió el último
emperador austro-húngaro, enterrado en la
iglesia de Nossa señora do Monte.
Si el visitante
quiere realizar alguna compra puede recorrer
la A dega de Sâo Francisco, en la avenida
Arriaga de Funchal, donde es posible
adquirir todos los vinos de la isla y
realizar catas. Cerca del puerto se halla la
Casa do Turista, una tienda-museo, que
muestra toda la interesante artesanía de la
isla.
El recorrido
hacia tierras del interior no deja de
sorprender al visitante por su peculiaridad
y su belleza. Si emprendemos el viaje hacia
el oeste por carreteras de montaña se llega
a Santana, un pequeño pueblo que debe su
atractivo turístico a sus peculiares casitas
triangulares pintadas de vivos colores.
Hacia el este se encuentra un recorrido
fascinante, la carretera a Porto Moniz, que
atraviesa 19 kilómetros de túneles y
cascadas.
Uno de sus
principales atractivos son los baños en
piscinas naturales de lava. Hacia el norte
de la isla se pasa por el pintoresco pueblo
de Cámara de Lobos. Dominando el pueblo se
halla el Cabo Girao, de 580 metros de
altura, considerado el segundo más alto del
mundo. Tras pasar la Ribeira Brava nos
adentramos en el país profundo, escalando la
Serra de Agua el panorama es sorprendente.
Allí las montañas se encuentran salpicadas
de pueblos encaramados y el paisaje es de
una riqueza espectacular. Una vez sorteado
el espinazo de la isla se llega al pueblo de
San Vicente, con unas pintorescas grutas de
origen volcánico. De obligada visita es la
iglesia parroquial, donde se pueden
contemplar frescos que muestran cuál era su
aspecto en el siglo XVII.
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