A Bali sólo le
sobra una cosa: la lejanía. Pero a poco de
pisar el aeropuerto de Dempasar, al viajero
se le olvidan, como por ensalmo, las veinte
horas de viaje, y nada más llegar sus cinco
sentidos se ponen de inmediato a procesar
sensaciones sin descanso.
Desde un primer
momento Bali ofrece una luz especial, la del
Trópico, donde los colores parecen que son
más colores que en otros lugares de la
Tierra. El aire también huele distinto, y la
ausencia del temido calor envuelve al
viajero en una paz que predispone a olvidar
el palizón del largo vuelo.
Enseguida
asaltan a las pupilas los primeros altares,
las primeras ofrendas a los dioses del
larguísimo panteón de Bali, y los primeros
templos que, desde el mismo momento de
llegar, ya no dejarán de formar parte de la
estancia del viajero, hasta hacerse tan
familiares que, al regreso, incluso se
echarán de menos.
También, enseguida, aparecen las primeras
sonrisas, los saludos con las manos unidas a
la altura del pecho y el salamat tinggal (
bienvenido), y las miradas de los balineses
y balinesas, oscuras y profundas, pero
extrañamente familiares. Y es entonces
cuando el verde empieza a apoderarse del
alma del viajero, de un modo lento, casi
inapreciable.
Tras los cristales del coche, rumbo al
hotel, los inmensos jardines que jalonan las
carreteras de acceso a Nusa Dua son la
antesala de las maravillas que esperan al
viajero los días siguientes, cuando dirija
sus pasos –y su espíritu- hacia el centro de
la isla, hasta los increíbles arrozales que
cortarán su respiración y llenarán sus ojos
de un verdor tan intenso, que ya no le
abandonarán mientras viva. Y junto a los
jardines aparecen los primeros templos,
pequeños y grandes, como preludio de las
maravillas que vendrán después en días
sucesivos: los templos de Tanah Lot; Batu
Bolon; Besakih; Uluwatu; Candi Kuning; Goa
Lawah; Mengwi... Nombres tan misteriosos
como las edificaciones que constituyen el
centro de la vida de los balineses, que por
su historia y su pasado se consideran los
responsables del orden cósmico...
Todo ese rico
pasado se condensa en una serie de danzas
que resumen leyendas y acontecimiento épicos
y religiosos, con el constante y monótono
sonido del gamelán, el conjunto musical
presente en la mayoría de acontecimientos.
La elegancia de la danza Legong, ejecutada
por jóvenes mujeres, compite con la fuerza
masculina del Baris, y tiene su culminación
en la hipnótica danza Cecak. El teatro de
marionetas y las peleas de gallos también
forma parte importante de esta tierra de
dioses y magia.
Bali es una isla
de 5.500 kilómetros cuadrados y tiene dos
millones y medio de habitantes. Está bañada
por el Indico y el Mar de Java, y es tan
hermosa como increíble .... Es como un
universo en miniatura, y en ella todo parece
estar colocado en su sitio: los cocoteros,
las plataneras, los ficus, los hibiscus, los
ríos, los volcanes y, sobre todo, los
arrozales, esas escaleras esmeraldas de
insólita belleza, que parecen bajar desde el
mismísimo cielo, y que la convierten en un
exultante jardín en donde el verde es tan
sagrado como la isla misma.
Y cómo no, los templos. Los más de 10.000
templos familiares, gremiales, locales o
nacionales, que disputan el terreno a la
naturaleza pero que, para el espíritu
balinés, son imprescindibles para mantener
esa armonía tan bien dispuesta por los
dioses de la trinidad hindú: Brama, el
creador de todo; Wisnu, el conservador y
Siwa el destructor, responsables, a la
postre, de todo lo bueno y lo malo de esta
maravilla de la naturaleza.
Porque en Bali,
y esa es otra de sus maravillas, nada es
casual. Es obra de los buenos y los malos
espíritus, el trabajo de esa gigantesca
tortuga que mueve la vida balines.
TEMPLOS
Y VOLCANES
Tras llegar a
Nusa Dua y quedar magníficamente instalados
en un hotel (en nuestro caso el espectacular
Meliá Bali, otro capricho de los dioses), es
necesario planificar la estancia para
empaparse bien de la magia de y la belleza
de este paraíso esmeralda.
Por ejemplo, una
excursión hasta el volcán de Kintamani y el
vecino lago del Monte Batur. A lo largo del
recorrido, entre selvas y arrozales,
encontrarnos pueblos como Ubud (el reino de
los pintores balineses por excelencia), Mas
(con sus tallas de madera) y Celuk, donde
los artesanos dan vida a las joyas,
especialmente de plata. Pero sin duda, lo
más impresionante de este viaje es
enfrentarse al volcán Kintamani. A la
vuelta, al viajero le espera la maravilla de
las Fuentes Sagradas de Tirta Empul. Merece
la pena visitar también el templo de Besakih,
el Mengwi, el bosque de los monos o la cueva
de los murciélagos, e infinitos lugares que
dejaran al viajero sin aliento, y que es
imposible detallar, por lo que lo mejor es
dejarse aconsejar in situ, por cordialísimos
guías que nos ayudarán a descubrir su
maravillosa isla.
DOS MUNDOS
Los puristas de los viajes, a buen seguro
que recomiendan huir de Nusa Dua, un
impresionante complejo que reúne grandes
establecimientos de las más importantes
cadenas hoteleras, y optar por los losmen,
albergues más o menos familiares que
proliferan por toda la isla. Es una opción,
no cabe duda, pero el purismo, en este caso,
puede hacer perder al viajero la experiencia
de conocer un pequeño paraíso dentro del
mismísimo Edén.
En mi caso, la
sorpresa fue el Meliá Bali, un auténtico
jardín de los dioses, sorprendentemente
bello desde el mismo momento en que se pisa
su increíble hall, en cuya techumbre, unos
frescos explican el devenir de la vida y la
cultura balinés.
Un fenomenal
equipo de profesionales, encabezado por su
director, Ricardo Castañeda, se encargará de
hacer que todo esté en su sitio y que la
estancia en este recoleto paraíso,
complemente las maravillas vividas durante
el día por el viajero en sus paseos por la
isla. Hay muy bellos hoteles junto al Meliá,
pero para mí ha sido éste el más
espectacular de todos los visitados. En este
hotel puede practicarse el “mochileo cinco
estrellas” que tan bien suele agradecer el
espíritu viajero cuando puede permitírselo,
por más que lo denoten los puristas de los
viajes, empeñados, como buenos críticos, en
que todo el mundo haga lo mismo que ellos,
olvidando que cada uno es muy dueño de
viajar cómo y donde le apetezca.
El Meliá Bali
tiene de bueno el ambiente y calidad
española, mezclada con la tradicional
hospitalidad balinés; un abanico de
restaurantes capaces de satisfacer el
paladar más exigente se oculta entre un
dédalo de jardines a cuál más bello,
jalonado de fuentes y caminos que conducen
hasta una preciosa piscina. Merece la pena
degustar su cocina de especialidades
asiáticas en el restaurante Lotus o una
divertida cena en el restaurante japonés
Sakura. También junto al mar, el restaurante
Satería permite degustar pescado y marisco
al lado del mar. Contra todo pronóstico y
advertencia, de nuevo de los puristas, ni se
come mejor ni más barato fuera del hotel.
Por el contrario, una cena, por ejemplo,
excelentemente servida en el Lotus, con
cerveza y agua incluidas y un exquisito
servicio, cuesta unas 350,900.0 rupias, que
al cambio sale por algo más de 7.000
pesetas. En el tradicional Pica-Pica (tan
visitado por los españoles que viajan a Bali
y recomendado por los listos de siempre) una
cena a base de pincho moruno y una ensalada
sospechosa, a oscuras y mal servido, sale
bastante más caro.
Pero en el hotel
también se puede disfrutar de una cena
espectáculo, con la danza Cecak o la Barong,
por unas 8.000 pesetas, con un buffet libre
espectacular en el Sateria, a la orilla de
la playa. Hay más restaurantes como el Patio
o el Sorrento ...
Éste ha sido, al
menos para mí, el complejo más atractivo
entre sus vecinos de Nusa Dua, zona a la que
lo único que le falla, aunque sin desmerecer
su encanto, es la playa, porque simplemente,
hay horas en las que no existe.
Pero a Bali el
viajero no puede ir de playas. A Bali se va
“de dioses”, de verdores, de naturaleza, de
alegría, de vida, de magia y hechizo. De
religión metida en el alma de los balineses.
A Bali se va a vivir una hermosa historia de
amor con su pareja, y con un lugar que
cuesta mucho, tal vez demasiado, decirle
adiós... Y quien encuentre el alma de esta
bendita y maravillosa tierra, quedará tan
prendado que, a la mínima oportunidad,
desafiará otra vez esas 20 horas de vuelo
para regresar y perderse de nuevo en este
maravilloso paraíso esmeralda ...
INFORMACIÓN PRÁCTICA
- Guardar para
salir del país 100.000 rupias por persona,
que es la tasa del aeropuerto.
- El regateo forma parte de la cultura
balinés y les encanta practicarlo.
- En el Meliá Bali se pueden comprar unos
bonos que multiplican en un 25% por ciento
el dinero que gastas en el hotel
- Es mejor tomar un taxi fuera de los
hoteles, pactando siempre el precio antes.
Los taxistas suelen ser muy amables.
- Ojo con el picante. Es conveniente, a la
hora de encargar platos, sobre todo en zonas
como Jimbarán, que el pescado lo sirvan sin
salsa, de lo contrario se arriesga uno a
morir abrasado.
- La cerveza y el alcohol son muy caros en
Bali. Curiosamente, y salvo raras
excepciones, salen más baratos en el hotel
que en los restaurantes de la calle.
- No beber nunca agua del grifo. Ni los
propios balineses lo hacen.
- No dejar de probar el Nasi goreng, un
plato de arroz que quita el hipo.