El fotoenvejecimiento se nota
por un marchitamiento prematuro.
El cuello tiene menos
melanocitos que la cara, lo que implica una
menor capacidad para el bronceado, que es el
protector natural de la piel frente a las
radiaciones ultravioletas.
Sus glándulas
sebáceas son menos numerosas,
lo que quiere decir que
hay una menor presencia de sebum, componente
esencial del filme hidrolipídico que protege
a la piel de los factores ambientales.
Epidermis, dermis e
hipodermis, que son las tres capas de la
piel, son extremadamente finas y a duras
penas pueden hacer frente a la gran
movilidad del cuello.
Los anillos de Venus,
esas arrugas horizontales que lo decoran
como si de una gargantilla se tratase, no
son más que una consecuencia de todas las
contracciones musculares.
La fragilidad de la
piel determina la temprana aparición de la
flacidez.
Lo que se traduce en el
famoso cuello de gallo, pliegues verticales
que se instalan entre la barbilla y la nuez.
Con el paso de los
años, se produce una deficiencia de
estrógenos que implica un decaimiento de la
actividad celular.
La consecuencia directa
es una atrofia cutánea que atañe a las
fibras de sostén, colágeno y elastina. Es
entonces cuando se desdibuja la mandíbula y
aparece el doble mentón o papada.
También se da una acumulación de azúcar en
la piel, que se enlaza y enreda con el
colágeno. Este fenómeno, que se conoce como
glicación, hace que las fibras de colágeno,
suaves y largas al principio, se enrosquen,
pierdan flexibilidad y dejen de cumplir como
soporte. La falta de tonicidad que se
produce es especialmente notoria en la parte
inferior de la cara y en el cuello a causa
de la gravedad.